sábado 24 de octubre de 2009

Salir en la foto


Si hace un mes encontraba en el diario gratuito ADN una viñeta que hacía referencia a nuestra profesión, ayer me ocurrió lo mismo con un nuevo trabajo de Ernesto Rodera, que me volvía a hacer reflexionar acerca de algún aspecto de la gestión cultural.

En esta ocasión, la viñeta representaba el momento de una inauguración de una exposición de arte, con la presencia de diferentes figuras masculinas trajeadas frente a los cuadros de la exposición. El texto de la viñeta decía: “En la foto: curator, comisario, director de la Caja, patrocinador, ministro y concejales en la inauguración de la exposición Arte y rebeldía. Fuera de cuadro: el autor”.

El tema de la reflexión era evidente: de cómo en algunos casos el centro de atención ha pasado del artista a otros agentes culturales, sean éstos gestores, patrocinadores o políticos.

En una sociedad en la que lo importante es vender, incluso nuestros productos y servicios culturales se resienten de ello. La necesidad de promocionarse públicamente ha hecho que cobren un especial protagonismo los patrocinadores y los políticos, e incluso los propios gestores que ven una ocasión de proyectar su imagen más allá de su actividad diaria y su institución.

A priori, esa intención de proyectarse públicamente, bien sea a nivel personal bien a nivel profesional, no ha de ser necesariamente negativa. El aspecto negativo, creo yo, surge cuando se pierde la perspectiva del principal agente que da origen a ese producto cultural. Está claro que, en una exposición, el comisario es artífice del producto final, en tanto que selecciona obras, establece un discurso y participa del proceso de diseño y organización de la exposición; pero también es cierto que sin la existencia de un artista que creara esas obras, el trabajo del comisario sería imposible.

Siempre he afirmado que entiendo el profesional de la gestión cultural como un mediador, como un facilitador de recursos que pone a disposición del público, sirviendo de intermediario/mediador entre el creador y el ciudadano. Y es esa función la que debería desempeñar en todo momento, incluso en la promoción y proyección pública de su trabajo. En este sentido, considero que una imagen como la representada por Ernesto Rodera en su viñeta del 23 de octubre no debería darse: estoy de acuerdo en que deben estar presentes todos aquellos agentes que han participado en la creación o financiación de una actividad cultural, pero también el propio autor que ha dado origen al producto inicial; en este caso, el artista que pintó los cuadros con los que luego se ha concebido un nuevo producto cultural (la exposición).

Esto es cada vez más difícil en una sociedad tan mediática como la que vivimos, pero, aún así, es necesario reflexionar y actuar en consecuencia.

sábado 17 de octubre de 2009

Visitas guiadas


En el mundo de la cultura, especialmente en el sector de los museos, el patrimonio y el turismo cultural, es muy frecuente la utilización de guías que tratan que los visitante comprendan el territorio en el que se encuentran, de forma que asuman la importancia de los recursos culturales a los que puede acceder o visitar.


Por supuesto, cada persona es un mundo y, por ello, cada guía es diferente. No obstante, creo que siguen existiendo algunas carencias en la formación de nuestros guías culturales. Yo he ejercido en diversas ocasiones de guía en exposiciones y en otros recursos culturales, e incluso he formado a guías locales, y reconozco que no es un tema sencillo; si complejas somos las personas, más complejo es guiarlas, pero no imposible.


Recientemente tuve ocasión de visitar, en una muy corta escapada, la localidad de Bath (Inglaterra), y no dejé pasar la ocasión de realizar una visita guiada por la ciudad realizada por unos voluntarios locales agrupados bajo el nombre de "The Mayor of Bath's Corps of Honorary Guides". Durante la visita tuve la ocasión de comprobar una práctica que había leído y oído, pero que, sinceramente, nunca había puesto en práctica durante mis visitas. El guía llevaba una carpeta con diversas imágenes que iba mostrando a lo largo del recorrido; de forma que si durante su discurso nombraba a Enrique VIII, él mostraba una imagen de su retrato más conocido, o si explicaba la organización urbana de la ciudad, se servía de un plano de la misma; de esta manera, en todo momento el visitante se hacía una idea concreta de lo que iba narrando el guía. La visita guiada no fue perfecta, metodológicamente hablando, pero sin duda este recurso (que yo no había visto utilizar nunca) le daba un importante valor a la explicación.


Esto me hizo pensar sobre la formación necesaria para los guías. Aún hoy en día he tenido ocasión de ver guías culturales que no prestan atención a aspectos tan básicos como el ritmo de marcha del grupo, esperarse a hablar a que estén todos agrupados, o el tono de voz; sin hablar del no saber responder a cuestiones clave, prepararse poco el contexto fuera del guión básico aprendido, o incluso desubicarse a lo largo del recorrido. Parece como si cualquiera, con una mínima formación general, estuviese preparado para guiar un grupo, y creo que esa afirmación no se ajusta en absoluto a la realidad; es como si una persona, por el mero hecho de haber estudiado historia del arte estuviese plenamente capacitada para explicar una exposición pictórica; en absoluto, puede saber mucho de arte y de los cuadros expuestos, pero puede no saber transmitir esos conocimientos a un grupo de neófitos.


En otra ocasión, puede que escriba una entrada sobre aquellos aspectos básicos en los que se ha de hacer especial hincapié a la hora de formar guías culturales, aunque algunas referencias bibliográficas, como la Guía práctica para la interpretación del Patrimonio o la propia Asociación para la Interpretación del Patrimonio, son básicas en este tema. Sin duda, un tema complejo pero, a la vez, sumamente interesante.

jueves 1 de octubre de 2009

¿Estamos faltos de creatividad?


Hace unos días, concretamente el 18 de septiembre, en la edición del periódico gratuito ADN, me sorprendía al ver una viñeta cómica de las que suelen aparecer en este tipo de publicaciones.

Alguna vez oí que un indicador de que una profesión era reconocida socialmente era la existencia o no de un chiste sobre ella. Bueno, pues a raíz de la existencia de esa viñeta podemos concluir que el reconocimiento social a la profesión de gestor (o programador en este caso) cultural es un hecho.

La viñeta, de Ernesto Rodera, contemplaba dos columnas de palabras, la de la izquierda con un total de 11 sustantivos que hacían relación a otras tantas actividades (feria, concierto, cata, desfile, maratón, fiesta, misa, festival, mercadillo, exposición y capea), y la de la izquierda con 11 adjetivos (solidario/a, sefardí, gay, feminista, templario/a, jazz, romano/a, mestizaje, prehistórico/a, goyesco/a y fusión). Al lado de ellas, de un hombrecillo salía el siguiente texto “Joven programador cultural de Ayuntamiento medio, no dejes que la crisis te acobarde. Hay una enorme cantidad de actos con los que todavía se le puede sacar la manteca al contribuyente. Mezcla estas dos columnas y hazte el amo de la temporada. ¡Hay combinaciones bien chocantes!”.

La viñeta, a la que le encontraba su gracia, me hizo reflexionar. ¿Acaso los gestores culturales habíamos abusado de la tematización de nuestras actividades? A nadie se le escapa que convertir una actividad cotidiana en una actividad temática ha resultado, cuanto menos, exitosa, por aquello de la novedad, independientemente de la calidad de los contenidos (que podría ser bastante discutible en algunos casos). Pero, tal vez, esta proliferación de actividades temáticas ha dado lugar a una saturación que ha hecho perder el posible atractivo que el público viera en sus inicios. La originalidad inicial ha pasado a automatismos y a una práctica por la cual la actividad en sí misma carece de valor: ya no importa la exposición, importa si es goyesca, feminista o templaria; pero, ¿de verdad es que no importa la exposición en sí?, ¿o es que no hemos sabido encontrar otra fórmula para hacerla apetecible a nuestros públicos?

Todos nos hemos sentido tentados alguna vez (o lo hemos hecho) de añadir uno de aquellos adjetivos para atraer a los públicos, o simplemente con la intención de organizar algo “original”. Sinceramente, la viñeta me da qué pensar. Si el chiste existe, tal vez sea porque la idea está presente entre nuestros ciudadanos. Tal vez la crisis a la que alude la viñeta no sea tanto la crisis económica como la crisis creativa del gestor. Creo que deberíamos reflexionar.